trato de novios

autopsia del deseo

Un día chido.


Estas cosas no se inventan, wey.

¡YA ABRIMOS! La lona de la puerta está caída de una esquina.

Los albañiles tapan los hoyos que dejan las balas atrás del escritorio. El cloro se lleva casi toda la sangre pero deja su propia mancha en todo lo que toca.

Un día chido y están en chinga, uno tras otro. Un día jodido y con una mano tienes pa' contarlos. Entre cliente y cliente, las chicas andan bochincheando, scroleando, jetonas, o nomás clavadas en la puerta. Tele prendida en la esquina. Virgen en la ventana. Una orden a medias de Tlaquepaque, de Rayón, arriba del escritorio.

Estas cosas no se inventan, wey. Y ella ni ocupa.

Sale el que se siente bien vergas y te avienta que es “alguien importante”. Sale el que se pone cursi y te suelta que eres “especial”. Sale el que jura que es bien lindo mientras te aprieta la muñeca machín. Sale el que se cree chistoso y cuenta el mismo chiste tres putas veces. Sale el héroe que dice “te saco de aquí” y te deja pa' unos tacos de la esquina, si bien te va. Sale el que ni te puede ver a los ojos. Sale el que te pregunta “¿estás bien?” como si le importara.

El poli. El chofer de la ruta. El reportero. El padrecito. El vato del delivery. El wey de Agua y Drenaje. El teporocho de la esquina. (Ese, la neta, era humilde y buena onda.)

Quince minutos de fama, wey. Es lo que te dan en la 800 de la Juan Álvarez. —Que le vaya bien, señor—. Y vámonos.

Llegan buscando lo que no hay en otro lado. Ella, Marlboro pepino en la mano, buscando cómo aguantar despierta. Salen bien creídos, con su mentira, su sonrisa, y el bulto que se les hace chiquito en una cuadra o dos. Ella se va a casa con la renta.

La puerta siempre está abierta, wey. Acaban de meterse dos. Va a estar chido el día.

 

VOLVER.

Duele. Cuesta. La máquina no da cambio. MÁS.