trato de novios

autopsia del deseo

Un boleto.


«Te saco de aquí.»

Le llaman la vida. Las más jodidas tienen a las morras paradas en la puerta, hasta en la banqueta. Las mejorcitas dejan la puerta nomás entreabierta. Las morras sentadas en un sillón, apenas se ven desde afuera.

Y ahí viene el desfile.

Uno se siente bien vergas y te avienta que es alguien importante. Uno se pone cursi y te confiesa que eres «especial». Uno te jura que es bien lindo mientras te aprieta la muñeca machín. Uno se cree interesante y cuenta el mismo chiste tres putas veces. Uno dice —te saco de aquí— y deja de propina pa' unos tacos de la esquina. Uno ni te puede ver a los ojos. Uno pregunta si estás bien.

El poli. El chofer de la ruta. El reportero. El padrecito. El vato del delivery. El wey de Agua y Drenaje. El teporocho. (Ese, la neta, era humilde y buena onda.)

Pagan pa' ser lo que no son. Las morras salen con la feria. Los cuartos van a estar ahí mañana pa' recibir otro desfile. El trato también. Las morras venden el acceso. Los vatos compran un boleto que se vence en minutos. Extras. Son aparte.

Donde lo único real son las manchas en las sábanas y los billetes doblados hasta el fondo de la bolsa, jalar el gatillo no es el último recurso. Es lo primero que haces.

 

VOLVER.

Duele. Cuesta. La máquina no da cambio. MÁS.