En pleno solazo. Ya cuando se mete el sol. A las tres de la pinche mañana. El jale de siempre se va a la verga.
Una volteada. Un brazo estirado. Sus ruegos se cortan con el flashazo y quedas sordo un rato por el tronido a quemarropa.
Llámale canícula, gajes del oficio. ¿Quién chingados iba a pensar que tener una sala de masaje te pone en peligro de extinción? Alguien trae un mensaje, y lo manda de a tiro por tiro, bien puesto.
Donde se topan la desesperación y las ganas y el neón pinta la noche, esa rayita entre coger y matar se brinca más pelada cada vez que le calas. Nada grita «ya no soy tuya» como tronarle la cabeza a un cabrón que se lo ganó.
El letrero dice ABIERTO. La puerta siempre está abierta. Estás bien embarrado ya.
No tocar. No besar. No encuerarse. Una pose. Condón a fuerza. Extras, son aparte.
El matón te cuenta qué se siente mirar por el cañón y tronar.
Tú no pediste ser testigo.
Tú elegiste embarrarte.
Duele. Cuesta. La máquina no da cambio. MÁS.