Doce horas. Veintidós vatos. Las otras traen pura lencería. Esta morra: es enfermera, conejita, futbolista, monja. Entra decidida. Sale con la lana.
—Aquí nadie está a la fuerza. Vemos el letrero en la ventana. Pedimos la chamba.
Está tranquis antes de que amanezca. Unos vatos duermen desparramados en las entradas. Traen el pantalón húmedo. Fíjate por dónde pisas. La alcantarilla se volvió a tapar. Un camión se avienta por el charco y baña la banqueta. El letrero dice ABIERTO. La puerta siempre está abierta. Así jala más el negocio.
Una le marca a su bato pa' que venga por ella. Otra para un taxi. Otra camina a la esquina con cara de preocupación. Los morritos ya van a despertar y su jefita ya se fue a la chamba.
—Conocemos un chingo de vatos. Pocos interesantes. Ninguno pa' llevarse a la casa.
Pum. Pum. Pum. Uno en la banqueta. Otro en el umbral. Otro atrás del escritorio.
Carlos Salazar. Diego Montemayor. Platón Sánchez. Reforma. Alguien está tumbando a los que manejan los masajes, uno por uno, a puro plomazo bien puesto en la cabeza.
La enfermera, conejita, futbolista, monja—ella vio cinco kilos de perico en un cuarto de hotel la otra semana.
Lo truenan al jefe esta noche.
Qué pedo. Neta.
Duele. Cuesta. La máquina no da cambio. MÁS.