Relájate, es nomás un pinche cuento...
¡Ay, papi! A plena luz, al oscurecer, 3:00 AM. Monterrey, centro. Alguien está tumbando a los que manejan los masajes. Uno por uno. Una bala bien puesta en la cabeza. El Metro subió otra vez. Las tortillas también. ¿Sabes quién vende el mejor pozole de este rancho? Las chicas siguen dando servicios. Los tipos siguen pagando. Una bala tiene la última palabra.
Es una historia de los que se piensan intocables y de las que a cambio sí puedes tocar. Es una historia sobre lo que significa ser tomado en serio cuando tu valor se mide en minutos. Es una historia sobre lo que sucede en las sombras, de hasta dónde te lleva y con qué te deja. Es una historia que no se raja, ni aunque deba.
El vicio. La chinga diaria. La mayoría de las chicas se viene en camión. 15 varos el pasaje. Las que tienen suerte alcanzan asiento. Otras tienen bato que las trae y las lleva. Unas pocas manejan.
—Algunos de esos orgasmos sí son neta —confiesan las chicas. Se van a su cantón con la renta. Los uniformes de los werkos. Las medicinas pa' la jefita. Un abono pa' el comedor que sacaron en Elizondo o en Elektra.
Es una cara de la ciudad que jala en silencio. Todos saben. Todos se hacen wey. Todos cambian de plática.
—¿Que tengo un kink, dices? —escupió. —Pues chance y sí. Imagínate si no, qué hueva.
Hazte a la idea.
Hay manchas que no se quitan.
Hay manchas que no quieres quitar.
Hay manchas que se quedan en la banqueta.
Hay manchas que se te quedan. Y ya.
Duele. Cuesta. La máquina no da cambio. MÁS.