—¿Recuerdas sus caras? —le pregunta él.
—¿Recuerdas las nuestras? —responde ella.
Hay un lado de la ciudad que vive del anonimato. Es a donde caes cuando no encuentras lo que buscas en ningún otro lado. Llegas, te dan lo que vienes buscando. Y vuelves. Lo único real es la feria en tu pantalón y los billetes bien dobladitos al fondo de la bolsa de la chica.
Monterrey, centro. Alguien está tumbando a los que manejan los masajes, uno por uno, a puro plomazo bien puesto en la cabeza.
Las chicas siguen con las cuentas. Los vatos siguen parados en la puerta. Afuera el pinche letrero nomás dice «¡YA ABRIMOS!» Y a alguien todavía le queda jale por hacer.
Duele. Cuesta. La máquina no da cambio. MÁS.