Las salas de masajes, a la vuelta de tu vida.
Sigue las reglas. Hasta te dan permiso del municipio y todo, bien derechito.
Los vatos se creen bien machos cuando cae la raya. Y entre semana también. Alivio que cae bien mientras dura. Por lo menos unas cuadras.
Las chicas le llaman trampolín. Y de repente, todo se pone al alcance.
Los uniformes de los werkos. Las medicinas de la jefita. El Izzi. El Totalplay. La Comisión. Agua y Drenaje. El tanque de gas pa' la cocina.
—¿Cómo va a estar mal si hace paro? —dicen.
—Mira, toda perra debería hacer esto dos semanas en cuanto cumpla dieciocho. No por la feria. Hazlo pa' que veas cómo jala este pedo en realidad. Qué estás peleando. Cuánto cuesta que no te traguen. Sales de ahí y no le preguntas a nadie si vales. Tú ya sabes.
A plena luz del día. Al anochecer. A las tres de la mañana.
Los encargados, wey. Son los blancos. No las morras. ¡Ufff!
Una es de chiripa. Dos es coincidencia. A la tercera, limpia.
Puros tiros a la cabeza. A quemarropa. Como si alguien quisiera mandar mensaje.
El Buen Fin se adelantó este año. Dos por el precio de uno.
Nunca sobra tener buena puntería.
Duele. Cuesta. La máquina no da cambio. MÁS.