I.
Avenida Madero. Calle Escobedo. OXXO. 9:44 PM.
Una morra. Dos morritos. Ella está parada afuera de la puerta. La abre para cada quien que entre y salga. La niña sonríe. Estira la mano. —Gracias, señor. Muy amable. El niño está bien chiquito pa' eso. Se sienta en calzones en un cartón donde mean los borrachos. Juega con un palo.
Unos dicen que es un camino. Otros le dicen ducto.
II.
Es una callecita, no la avenida principal.
No pasa de los veintidós. Trae un pelazo negro que le llega hasta la cintura. Las tiras de los tacones se quedan desabrochadas. No tiene pa'l esfuerzo hoy.
Se ve malita. Sudando. Tiritando. Se ocupa más que eso pa que se largue. El wey de la puerta deja el teléfono por un momento y le consigue una silla donde sentarse y algo para ponerse sobre los hombros.
—Llévame al cuarto. ¿Quieres coger?
Trae la voz ronca. No trae pila. Total, nadie la oye. Un taxi avienta el claxon y se arranca antes de que cambie el semáforo.
—¿Y yo pa qué sigo aquí? Jamás me habían preguntado eso, wey.
Ni pedo. No hay otro.
La verdad se encuentra en lo no guionizado, lo incómodo y lo no resuelto.
Duele. Cuesta. La máquina no da cambio. Métete ya.