trato de novios

autopsia del deseo

Craft.


Muestras de redacción.

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La puerta siempre está abierta.

Un día chido.

Limpia.

Dos en espera.

¡Ay, papi!


La puerta siempre está abierta.


Así jala más el negocio.

Doce horas. Veintidós vatos. Las otras traen pura lencería. Esta morra: es enfermera, conejita, futbolista, monja. Entra decidida. Sale con la lana.

"Aquí nadie está a la fuerza. Vemos el letrero en la ventana. Pedimos la chamba."

Le dicen tranquis antes de que amanezca. Unos vatos duermen desparramados en las entradas. Traen el pantalón húmedo. Fíjate por dónde pisas. La alcantarilla se volvió a tapar. Un camión se avienta por el charco y baña la banqueta. El letrero dice ABIERTO. La puerta siempre está abierta. Así jala más el negocio.

Una le marca a su bato pa' que venga por ella. Otra para un taxi. Otra camina a la esquina con cara de preocupación. Los morritos ya van a despertar y su jefita ya se fue a la chamba.

"Conocemos un chingo de vatos. Pocos interesantes. Ninguno pa' llevarse a la casa."

Pum. Pum. Pum. Uno en la banqueta. Otro en el umbral. Otro atrás del escritorio.

Carlos Salazar. Diego Montemayor. Platón Sánchez. Reforma. Alguien está tumbando a los que manejan los masajes, uno por uno, a puro plomazo bien puesto en la cabeza.

La enfermera, conejita, futbolista, monja—ella vio cinco kilos de perico en un cuarto de hotel la otra semana.

Lo truenan al jefe esta noche.

Qué pedo. Neta.


Un día chido.


Estas cosas no se inventan, wey.

¡YA ABRIMOS! La lona de la puerta está caída de una esquina.

Los albañiles tapan los hoyos que dejan las balas atrás del escritorio. El cloro se lleva casi toda la sangre pero deja su propia mancha en todo lo que toca.

Un día chido y están en chinga, uno tras otro. Un día jodido y con una mano tienes pa' contarlos. Entre cliente y cliente, las chicas andan bochincheando, scroleando, jetonas, o nomás clavadas en la puerta. Tele prendida en la esquina. Virgen en la ventana. Una orden a medias de Tlaquepaque, de Rayón, arriba del escritorio.

Estas cosas no se inventan, wey. Y ella ni ocupa.

Sale el que se siente bien vergas y te avienta que es “alguien importante”. Sale el que se pone cursi y te suelta que eres “especial”. Sale el que jura que es bien lindo mientras te aprieta la muñeca machín. Sale el que se cree chistoso y cuenta el mismo chiste tres putas veces. Sale el héroe que dice “te saco de aquí” y te deja pa' unos tacos de la esquina, si bien te va. Sale el que ni te puede ver a los ojos. Sale el que te pregunta “¿estás bien?” como si le importara.

El poli. El chofer de la ruta. El reportero. El padrecito. El vato del delivery. El wey de Agua y Drenaje. El teporocho de la esquina. (Ese, la neta, era humilde y buena onda.)

Quince minutos de fama, wey. Es lo que te dan en la 800 de la Juan Álvarez. —Que le vaya bien, señor—. Y vámonos.

Llegan buscando lo que no hay en otro lado. Ella, Marlboro pepino en la mano, buscando cómo aguantar despierta. Salen bien creídos, con su mentira, su sonrisa, y el bulto que se les hace chiquito en una cuadra o dos. Ella se va a casa con la renta.

La puerta siempre está abierta, wey. Acaban de meterse dos. Va a estar chido el día.


Limpia.


Uno es de chiripa. Dos, casualidad.

Hay una parte de la ciudad que prefiere el anonimato, que se resiste a la intrusión a menos que, por supuesto, estés allí por negocios.

ABIERTO. Tres en esta cuadra. SOLICITANDO CHICAS. Un corazón con Sharpie lo deja bien claro. El reggaetón se mete por las paredes. Lana. Cierran los antros. Pitan los taxis. Lana. Cuernitos Bimbo y Joya Manzanita del Seven. Lana. Cigarros y un encendedor, económico por favor. Lana. Las morras se paran cada que entra un desconocido. Lana. Se les borra la sonrisa en cuanto el vato escoge a otra. Lana. —Todos opinan, pero si no lo has vivido, no sabes ni madres. Lana. La cubeta de plástico ya se desborda: bolas de papel arrugadas, toallitas húmedas, condones usados. Lana. Lana. Lana.

Monterrey, centro. Uno es de chiripa. Dos, casualidad. El tercero, limpia. Alguien está tumbando a los que manejan los masajes, uno por uno, a puro plomazo bien puesto en la cabeza.

Es mejor trapear la sangre antes de que se seque. El hoyo en la pared puede esperar.


Dos en espera.


Aquí no se hacen amigas.

Se para en el Seven de Villagrán y Ruperto Martínez. Chocolate de máquina. Botón 3. No hay Marlboro pepino, pura sandía. El cajero la ubica. No la pela. Se le olvidan las toallitas. Se regresa.

Tres vueltas para hallar dónde. Treviño, a la vuelta. Conoce al dueño. El carro no lo tocan. Unos vatos en la banqueta le gritan algo.

Los lockers están detrás de la cortina al fondo del pasillo. Ropa de calle, fuera. Minivestido, puesto. La Sra. Norma en la entrada. Mantiene el pedo tranquilo. Lleva la cuenta. Quién. Qué. Cuánto. Canta los nombres cuando se les acaba el tiempo.

Así de simple, pa' que no se hagan bolas.

No besos. No tocar. No encuerarse. Una sola pose y ya. Lo demás se cobra.

Que venga listo. Checada rápida. Sin granos. Sin pus. Se lo limpia. Abre el condón con los dientes. Listo. Se sube el vestido. Se hace la tanga a un lado. Se recarga. Aprovéchalo.

La mayoría acaba en cinco. El último ocupó siete. Él se va bien gallito. Ella se va con lo de la renta.

Unos nomás le batallan y le batallan. Ella grita como si sí. Se agüitan, no dicen nada. Y vuelven. A ver si la otra.

—¿Te traigo algo de la esquina? ¿Fumas Marlboro, no? Un wey con corazón. Le dice que no. Hay dos esperando.

La bolsa va de cuarto en cuarto. Condones sueltos y un paquete de Shein. Botellas de Prudence. Bien tapadas. Las toallitas por supuesto. Bimbo Cuernitos y Joya Manzanita pa' luego. Dos celulares. El de Super Mario se lo presta a los werkillos en la fila del Walmart. El otro número se lo pasa a los vatos. Equis.

Las chicas: Amber, Tania, Yaya, La Güera. La semana pasada se mocharon pa' una caja de lubricante. Los clientes no se comparten. Una empieza a cobrar menos. Se lleva toda la chamba. La alinean. Aquí no se hacen amigas.

Un vato le da tres vueltas a la cuadra. Se hace pendejo en la puerta. A la cuarta entra como si fuera la primera vez.

Ella sale a las ocho. El tráfico va a estar bien culero.


¡Ay, Papi!


Haz cuentas.

—Ay, papi... qué calor... qué calor tiene tu verga...

Entre más corriente habla, más piensan los vatos que es neta.

ABIERTO. Diez en tres cuadras. SE SOLICITAN CHICAS. Con corazoncito y todo. Puerta abierta siempre. Así jala más raza, es mejor pa'l negocio.

Pasa el urbano retumbando. Sube el tufo de la alcantarilla. En el cuarto de la derecha un vato está pujando. Su panzota le brinca a la chica en el colchón. Le chorrea el sudor en la cara. Y a nadie le importa.

Aquí te dan lo que pagas. Debería estar pintado ahí mero abajo donde dice PRESERVATIVO OBLIGATORIO y NO FUMAR.

Cariño, te suelta, sin quitarle el ojo al cel, nomás te ve entrar. No te claves, aunque te guste cómo suena. Las demás te avientan una sonrisa que se les borra en cuanto escoges a otra. Aquí las sonrisas son desechables. Nomás significan una cosa.

El vicio no trae esperanza, trae feria. —Unos pocos de esos orgasmos sí son neta —confiesan las chicas. Juntan pa' la renta. Uniformes pa' los werkos. La medicina pa' la jefita. Un abono del comedor de Elizondo o de Elektra. Todos agarran su corte. Y todos, pos ni modo.

Los de planta las conocen por nombre, por el nombre que ellas les dicen, claro. Igual que ellas, van por lo que no encuentran en ningún otro lado. Les dura lo que les dura. Unas cuadras, por lo menos.

—Ay, papi... qué rico se siente tu verga... dame tu leche...

Las chicas llegan con los recibos en la bolsa y los werkos enfermos en la cabeza. A este jale le dicen trampolín. De repente todo se alcanza. Ya saben lo que es pararse doce horas en la tortillería por 250 bolas o vender tacos a vapor en el solazo. Aquí se hacen eso en veinte minutos, o menos. Haz cuentas. Es sacarse la lotería. Es un cajero que nunca dice no. Y a veces le pegan al gordo.

Los vatos que entran por la puerta no son monstruos ni enfermos. La mayoría no. Cae la quincena. Llegan con feria en mano, a pata o en taxi. A veces traen carro, aunque más de uno ha salido nomás para ver que se lo lleva la grúa por mal estacionado o por no echarle bien al parquímetro.

Algo se está moviendo en esta cuadra. No es casualidad. El dueño. El encargado. El cadenero. A cada uno, un balazo en la cabeza. Deja un charco bonito pa' limpiar. El trapeador y la cubeta están al fondo del pasillo. —Que le vaya bien, señor. Es otro tipo de maña. El error es pensar que es el último recurso. A veces tiene que ser lo primero que haces.

Le dicen tranquis justo antes del amanecer. Hora de irse a la casa. La mancha no se quita. Ni le intentes. Los que miran se hacen pendejos. Los que la hacen ya andan buscando al siguiente.

—Ay, papi... dame esa rica paleta que trais...

—Se acabó —dice ella— ya es hora de irte.

Alguien anda por la ciudad tronándose a los que manejan los masajes. Ni preguntes quién. Ni preguntes pa' qué. Nomás da gracias que por fin hubo huevos.

-30-

 

VOLVER.

Duele. Cuesta. La máquina no da cambio. MÁS.